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Autobiografía
Por Administrador | 06.03.08

Lo que sigue es el comienzo de un texto en que, a modo de autobiografía, Victor Hugo nos cuenta muy diversos episodios de su vida. El mismo fue extraído del libro “El Intruso”, publicado en 1979.

Cuando tenía tres años, mis padres se mudaron al campo, a casa de mis abuelos maternos. Fue una plácida tarde de verano, en la que un mundo azul y verde se abría paso para grabarse en mi memoria por primera vez, agarrado a un colchoncito, en lo más alto del montón de muebles que habían metido en el camión de la mudanza. Siempre me pareció que aquel camión -quizás rojo- avanzaba en cámara lenta por la solitaria carretera de arenilla.

Debe ser porque aquella tarde dividió mi vida entre la oscuridad y las primeras luces de conciencia y memoria. Estaba impaciente por llegar y por eso, el viaje siempre se me hizo lento, interminable, melancólico y feliz. Me habían hablado de “Campero”, el perro negro que se comía las arañas y yo nunca había tenido un perro para mí solo. Y me habían prometido un “petiso” viejo y manso en el que yo haría los mandados. Todavía llego a veces, hasta el rancho de mi abuelo que quedaba sobre un camino vecinal, a poca distancia de la carretera. Los lambetazos de “Campero”, si los pienso mucho, los tengo húmedos aún, la desilusión de no ver al petiso, podría provocarme un llanto.
Pero era cierto y lindo el mundo de mis abuelos. Había higueras, cachimba, animales y paisanos buenos que me sacaban de entre las patas de los toros, me enseñaban a montar en el petiso o me salvaban la vida, alzándome de la orilla de aquel profundo pozo en el cual siempre quise investigar por qué, siendo negro, de su interior salía agua blanquísima.

La naturaleza, incluido Campero, fue mi primera amiga y, sin saberlo, la disfruté cada mañana bien temprano. Mi abuelo transitaba por un camino azul desde el rancho hasta el potrero, confundiendo todavía su sombra con las primeras luces, unas flechas rojas que quebraban la oscuridad. Me deleitaba ganarle al sol. Salía corriendo, daba la vuelta al rancho principal y me sentaba a esperarlo en la horqueta de lo que nunca llegó a ser árbol. Mi abuelo iba hasta una estancia vecina, llenaba los tarros de leche, daba una vuelta de dos kilómetros y, pasando por la carretera principal, dejaba uno de los más pequeños contra el poste telefónico, en el cruce del camino vecinal y luego seguía para hacer el reparto en el pueblo.
Mientras, yo le daba una patada a Campero, me revolcaba un poco con él y salíamos a buscar la leche. Era cierto que Campero se comía las arañas que por centenares recorrían el camino. Yo con un palo y él con los dientes y las patas, cumplíamos un heroico trabajo cada mañana y volvíamos orgullosos, convertidos en caballo y jinete, porque hasta montarle me dejaba. Al mediodía, retornaba mi abuelo, con su carga de pan fresco y sus protestas contra los que no le pagaban. Era un hombre justo, noble y protector como jamás conocí a otro pero tenía un carácter violento.

No me podía quejar cuando me llevaron de vuelta a Cardona para que pudiera empezar la escuela. Esos dos años habían abierto mi sensibilidad, la admiración por la naturaleza y me dejaban el primer ejemplo para conducirme en la vida.
Aquel viejo de pocas pulgas, pero tierno y afectuoso, me deslumbraba con sus enojos. No había caso. El mundo merecía gente mejor que aquella que lo esperaba siempre con un cuento distinto para no pagar su esfuerzo de las mañanas azules pero también ingrato de los inviernos interminables, cuando cada amanecer, se acercaba para taparme de nuevo y convencerme que me quedara en la cama.

- Usted, ¿siempre le va a pagar al lechero, mocoso?
- Sí, abuelo.

¿Cuántas enseñanzas escondían sus preguntas para comportarse en la vida? Las asimilé años más tarde, cuando volví a vivir con él, en plena adolescencia. En las elecciones de 1958, con diez años ya cumplidos, me inicié como locutor en el club político de los blancos “intransigentes” de Francisco Mario Ubillos. Con el corazón partido al medio, el viejo Pérez, mi abuelo, había dejado, por primera vez, a Herrera porque el gran caudillo se había unido a Chicotazo. Su blanco corazón siguió al líder departamental Ubillos quien tenía en la zona, un gran predicamento y yo leía por los altoparlantes unos textos que lo mencionaban a mi abuelo como ejemplo a seguir por todos los blancos de la zona. Me sentía orgulloso por aquel lechero con perfiles de ejemplo y me afirmaba en algunas frases como “si un blanco derecho de toda la vida, como José Victor Pérez está con los intransigentes, usted debe seguir su ejemplo…” o aquella otra que mencionaba “al gran nacionalista”. Yo discutía de política todo el día y el fútbol era una diversión pero no un tema que me importara. La gente se admiraba con la buena voz que tenía y en el club, me hacían grabar con mi madre propaganda política.

En alguna bicicleta prestada, salía a buscar el auto de los parlantes que recorría el pueblo, para escucharme, sin saber que ya estaba corriendo tras de mi destino. Las discusiones políticas y las charlas con mi abuelo, me habían enseñado a repetirme una palabra que se volvió luego la que mayores satisfacciones y disgustos me provocara: derecho. Ser derecho era todo en la vida y mi abuelo no le perdonaba lo contrario ni al mismísimo Herrera, a quien, seguramente, había querido como a Dios.